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El ojo te está mirando

La obra de Carlos Capelán está comenzando a recibir finalmente la atención que merece. Lo tardío de este reconocimiento es un ejemplo más del débil poder legitimante de los circuitos periféricos, sobre todo si el artista no se preocupa por venderse a sí mismo, o conserva ciertas distancias con el mercado suntuario que domina América Latina. El uruguayo empezó a hacer arte de Suecia, donde trabajó muchos años sin ser apenas conocido del lado de acá. Su caso resulta una metáfora del exilio latinoamericano y su obra condensa las pluralidades y contradicciones de hoy en el continente, cual paradigma de una América Latina de la diversidad y no de la totalización.

Su trabajo no proviene de "las raíces", o de "lo social" o de un espíritu cultural latinoamericano, por el contrario, sale en directo de la experiencia del exilio, uno de los grandes complejos de América Latina., donde los fantasmas de un nacionalismo ontologizante han dificultado asumir la transterritorialización como hecho cultural. Capelán exorciza los viejos fantasmas valiéndose de los discursos antropológicos contemporáneos acerca de la representación, la construcción de identidades y la cultura como espacio dinámico, relacional, de conflicto tanto como de cohesión. Algunos de sus grandes environments, como los realizados durante 1992 y 1993 para las presentaciones de la muestra Ante América en Bogotá, Caracas y New York, constituyen verdaderos tratados que realizan un paralelo simbólico de aquellos discursos, desde la subjetividad de un uruguayo que ha vivido con intensidad la historia contemporánea del Continente, extendida del sueño a la violencia, de "cambiar la vida" a aceptarla, del la utopía al exilio, de pintar el fango a enfangar el cuadro de caballete.

La obra de Capelán, y en especial sus ambientes e instalaciones, son como un chip que condensa muy diversos ejes culturales que se entrecruzan hoy en América Latina: el conceptualismo de incidencia social, la gráfica de tradición vernácula, la pintura de "atmósfera", la crítica de la representación, el replanteo de la vieja neurosis de la identidad, la deconstrucción de los circuitos y mecanismos auráticos del arte y la cultura, un neotelurismo, el misticismo, las cosmovisiones no occidentales... para comentar a Capelán hay que hacer siempre ennumeraciones. Es significativo cómo su trabajo, a diferencia de otros artistas de la instalación contemporáneos, se reconoce dentro de la tradición visual latinoamericana. Esto responde a su imaginería tanto como a su barroquismo, y quizás a cierta dimensión intimista a pesar de la concentración en proposiciones de sesgo teórico, que provocan hacia el análisis social y cultural.

Todas sus instalaciones, no importa el tamaño, funcionan como puestas en escena abigarradas que el público recorre. Este recibe primero una sensación general de impacto visual, atmósfera y espacio. Pero después tendrá que desplazarse para ir apreciando un tejido de detalles específicos, cada uno con un peso significativo en el discurso general de una obra que establece múltiples niveles de comunicación.

Cuando uno se sumerge casi literalmente en uno de estos ambientes, le parece haber entrado en un espacio sacralizado, que puede ser el del museo o el del hogar. Esta relación entre los ámbitos en apariencia opuestos de la sacralización transhistórica y la intimidad cotidiana se plantea para una crítica simbólica de la construcción de valores e identidades en los campos sociales del arte, la ciencia y la cultura tanto como en el plano del sujeto. Tal sacralización remite simultáneamente al templo como paradigma del espacio hierofánico: Las vitrinas son altares, las colecciones, reliquias, los autorretratos, imágenes místicas. Esto estructura a la perfección las imbricaciones semánticas de su discurso. Pero uno de los factores que brinda el "Latin mood" de Capelán es que, más acá de esta dimensión conceptual y deconstructiva, cuando uno penetra en este tipo de obra siente a la vez como si entrara en una iglesia mexicana de los siglos XVII o XVIII. La sensación puede resultar paradójica, pues no hay referencias directas al barroco, y el conjunto está concebido dentro de cierta aridez visual propia del conceptualismo, con el énfasis puesto en las ideas, y dentro de la técnica contemporánea de la instalación. pero se escenifica con un sentido del espectáculo, y resulta sobrecargado tanto en la estructura general como en su detallismo hormigueante de microparticularizaciones, a la manera desenfrenada del barroco colonial latinoamericano. La diferencia se acentúa por una emotividad mística presente en la poética de Capelán.

Estamos dentro de sistemas muy complejos donde proliferan un sinnúmero de componentes disímiles. Este pluralismo no consiste sólo en la multiplicidad e de Gestales, recursos, técnicas, elementos y niveles, sino, además, en la diversidad entre ellos. Se trata de un pluralismo estructural tanto como de lenguajes. Así, la obra combina el arte conceptual con aquel basado en la visualidad, considerado su opuesto. Por un lado prioriza la idea al extremo de acentuar lo textual e incluso lo erudito, con su tejido de citas y su planteo discursivo; por otro, despliega imágenes salidas de la tradición gráfica, que provienen de su larga ejecutoria con las técnicas clásicas del grabado, disciplina de la que Capelán llegó a ser profesor. No por azar los libros son casi siempre componente fundamental de sus instalaciones. Evidencian la duplicidad a la que me refiero: actúan a la vez por su visualidad como objetos y demarcadores del espacio, y como fuentes de citas y del debate teórico altamente sofisticado que fundamenta su discurso artístico.

El pluralismo arma todos los aspectos de la obra de Capelán. Define un poética dinde se entretejen lo intelectual y lo místico (en una inusitada mezcla de idea art y religiosidad), junto con lo racional y lo emotivo, lo antropológico y lo personal, lo "primitivo" y lo científico. Esta poética, su atmósfera y su articulación de medios dan una personalidad particular al uruguayo frente a Jonathan Borofski y otros artistas que usan también ambientes con estructuras pluralísticas.

Con este tipo de trabajo Capelán ha devenido uno de los más importantes artistas contemporáneos de la instalación. Anteriormente había realizado un obra como grabador y dibujante de marcado acento latinoamericano, dentro de esa vertiente donde se combinan el imaginario popular con la rispidez expresionista con el impacto gráfico (pensemos en José Guadalupe Posada, Carlos González, José Luis Cuevas, Francisco Toledo...). Pero su inclinación hacia lo conceptual y el performance lo condujeron desde temprano a desterritorializar este campo. Se puso a dibujar sobre piedras, plantas, paredes, impresos y textos y cuanta superficie fuera capaz de acoger sus imágenes, en una especie de obsesión por dibujar el mundo entero, a la manera de aquel mapa de Borges que cubría en su totalidad la superficie representada. El título mismo de su sobrecogedora exposición en la Lunds Konsthall en 1993, Mapas y Paisajes, planteaba esta crítica a dos filos de la representación y lo representado, del paisaje en el mapa y del mapa en el paisaje.

En ese sentido, tanto como en relación con los paradigmas del barroco y el pluralismo en su obra, recuerdo un proyecto suyo de dibujar todas y cada una de las hojas de un árbol. Él no lo concebía como un gesto. Plantearse el arte gráfico casi como un land art respondía a una necesidad mística de comunicación con las cosas por vía de una sensibilidad gráfica más próxima al Oriente que al Occidente. El pensamiento y la estética del budismo, el taoísmo y otras religiones orientales constituyen una orientación fundamental para su trabajo artístico.

El desbordamiento de su obra gráfica más allá de los soportes habituales condujo fluidamente a incluirla en las instalaciones, donde siempre participan dibujos monumentales en la pared y obra sobre papel. Ellos brindan un fuerte impacto visual a sus ambientes, articulado con el uso de los objetos, textos y otros recursos más tradicionales en la práctica común de las instalaciones. Las efectivísimas paradojas del trabajo de Capelán muestran un caso muy peculiar de desembarazo en el uso "hacia fuera" del conceptualismo que se profundiza entre los latinoamericanos. En América Latina el arte de ideas ha sido potenciado hacia lo social, lo cultural y lo político, sofisticando su instrumental analítico y lingüístico para lidiar con las candentes complejidades de la sociedad. El uruguayo es buen ejemplo de una inclinación que incluiría los nombres de Luis Camnitzer, Antonio Caro, Eugenio Dittborn, Félix González-Torres, Alfredo Jaar, Jac Leirner, Cildo Meireles, Helio Oiticica, Doris Salcedo...

Capelán compartió en México en 1986 con los artistas cubanos José Bedia, Juan Francisco Elso y Ricardo Rodríguez Brey, con quienes estableció una amistad que continúa hasta hoy, basada en afinidades ideoestéticas. En coincidencia con ellos, así como con la cubana-norteamericana Ana Mendieta, amiga de los anteriores, y otros artistas de la isla como Luis Gómez y Carlos Estévez, hay en el uruguayo todo un sentido místico y ritual que forma parte de una estrategia hacia lo no occidental mediante ciertas aperturas del arte de Occidente. Una dialéctica de rebote de lo metodológico (arte como creación estética y comunicativa autónoma, conceptualismo, inclusivismo, etc.) a lo cosmovisivo (Weltanschauung construida desde espiritualidades no occidentales).

Este desplazamiento, unido al carácter de su imaginario, hacen que en Europa a veces se empuje a Capelán dentro de las discusiones en boga acerca del "primitivismo". Aparte de la rusticidad eurocéntrica que con frecuencia aquellas poseen, su adscripción sólo resultaría pertinente si se enfocara este "primitivismo" como el uso de ciertas herramientas culturales periféricas cuya complejidad y sutileza las vuelve efectivísimas en la construcción de discursos acordes con la polifocalidad contemporánea y sus múltiples implicaciones.

Discutir a artistas como Bedia, Elso o Capelán en esta perspectiva subrayaría, en todo caso, el protagonismo de lo "primitivo" en la construcción de lo contemporáneo dentro de los procesos de globalización y multiculturalismo. Lo "primitivo" como elemento dinámico, transformador, no como esencia, autenticidad o tradición. En el caso del uruguayo, además, lo "primitivo" terciaría en la discusión erudita "postmoderna", en especial en el terreno de la antropología. El postmodernismo de Capelán parece provenir de una modernidad "inconclusa" que da bienvenida a los "espíritus" (Robert Farris Thompson decía hace poco: "Good-bye postmodernism. Welcome spirits").

Esta muestra se inspira en unos versos (pre)postmodernos de Antonio Machado: "Los ojos que tú ves no son ojos porque tú los veas, son ojos porque te ven". Estos versos pueden ser leídos hoy como reconocimiento del Otro en cuanto Yo. Se corresponde elocuentemente con la perspectiva de reafirmación de lo subalterno que constituye lo más valioso de la obra de Capelán. Propone una pluralidad dialógica entre sujetos, confrontando el hegemonismo otrizador de la mirada central, perspectiva reproducida metafóricamente por la propia obra del artista. Sólo que ésta conduce la crítica postcolonial por senderos místicos, al discutir la problemática contemporánea desde cosmovisiones no occidentales que miran al futuro en lugar de al pasado. En su caso, los versos de Machado deberían ser complementados con el ver más allá de un apotegma afrocubano: "Hay ojos que tienen vista".

Pero aquí todavía permanece la óptica de un centro autodiscursante, que reconoce a una pupila muda. O también un mero narcisismo especular. Falta el guiño del ojo que hace visible su acción. Un signo del intercambio de mirada requeriría la autoproclamación casi ofensiva del Otro escrita bajo la imagen de un ojo en ciertas estampas que se colocan a la entrada de las casas cubanas (con más frecuencia en New Jersey que en La Habana): "Te estoy mirando".

Gerardo Mosquera
1994


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Gerardo Mosquera - "El ojo te está mirando". Carlos Capelán, exhibition catalogue, Galería Fernando Quintana. Bogotá, 1994. (back to top)