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dos mil palabras

una entrevista de Annika Capelán Köhler con Carlos Capelán


AKC: Como antropóloga me divierto muchas veces con la gran variedad de ideas sobre lo que ha sido, es o debería ser la antropología. ¿Estarías de acuerdo si digo que re-establecer y negociar categorías es algo que no solo la antropología y la historia del arte tienen en común, sino que es una actividad contemporánea en términos más generales?

CC: Sí, en la medida en que los tradicionales paradigmas son reformulados por una sociedad en proceso de cambio, todos nos vemos impelidos a revisar nuestro eventual uso de categorías culturales. Lo que tal vez me entusiasma de la mirada antropológica es que es capaz de percibir el arte como una actividad más dentro de la producción de significado en nuestra cultura.

¿Podrías especificar?

Creo que el artista contemporáneo sufre las consecuencias de la especialización. No me parece exagerado si digo que gran parte de nuestra sociedad siente que lo que hacemos es de difícil acceso. Estoy de acuerdo con los que piensan que el problema está en que las herramientas semánticas que usamos requieren tiempo para hacerse accesibles a un público vasto. Pero también me gustaría mencionar que el papel que nos toca jugar no tiene por qué ser relacionado a lo específico y especializado de nuestra actividad. Por el contrario, encuentro que nuestra identidad como artistas contemporáneos está más relacionada con la diversidad que con la especialidad, con preguntas que atañen a campos, a temas y a contextos muy diversos más que a la especialización en el uso de los medios. Si comparamos lo que hacemos hoy con lo hecho en períodos anteriores, en los que las formas y contenidos del arte estaban determinados por cánones más o menos restringidos, tal vez sea justamente la diversidad de las propuestas contemporáneas lo que causa confusión.

Lo interesante de la mirada antropológica sobre la cultura es que no tiene necesariamente por qué diferenciar entre "alta cultura" y cultura o producción simbólica en términos genéricos. La antropología puede ayudarnos a salir del atolladero de la actividad especializada al percibirnos como parte del conjunto de la producción de significado simbólico. De alguna manera, esa mirada puede tener el beneficio de aportar una frescura que encuentro necesaria.

Aquí estamos hablando de Cultura en términos amplios antropológicos - un concepto que en su uso más general se refiere a la actividad humana, a las diferentes maneras complejas de organización social y que nos particularizan ante la Naturaleza. Esto no es lo mismo que "lo cultural", lo cual sería una institución que forma parte del Estado Nación, eventualmente representado por el cine, la literatura, las artes visuales, el teatro, la danza, la música, etc.

Bueno, me atrevería a decir que las preguntas planteadas por la sociedad contemporánea no tienen necesariamente que ser formuladas exclusivamente desde el espacio de la cultura de elite. Hay preguntas "culturosas" que seguirán proviniendo de allí, pero la sensibilidad de verse en la condición contemporánea puede provenir de grupos que tradicionalmente no forman parte de la estructura de la "alta cultura". Creo que las nociones de cultura y subcultura que se usan en antropología son conceptos que pueden dinamizar nuestro quehacer. La alta cultura podrá hegemonizar la manera cómo se presenta lo contemporáneo, legitimando o deslegitimando lo que se inscribe o no en sus ámbitos. Pero la percepción sensible de lo contemporáneo y de la cultura en el sentido antropológico del término, no tiene irremediablemente que provenir de ese medio.

Además: si por un lado hay una tendencia entre ciertos artistas a producir reflexiones centradas en el carácter especializado de nuestra actividad, yo diría que paralelamente hay otros artistas que aspiran a relacionarse con visiones más complejas de la sociedad.

Se diría que en la alta cultura reina una jerarquía implícita de valores que se manifiestan en grados de "sofisticación" y "creatividad" - valores que por lo que a mí concierne, no tienen mucho que ver con grados de sensibilidad.

Sofisticación y creatividad son y seguirán siendo criterios de valor para muchos proyectos. Pero para muchos son otras las referencias con las cuales pretenden evaluar sus propuestas. Hay términos que han sufrido agudos procesos inflacionarios en la jerga del arte (entre los que yo contaría especialmente las nociones de "creatividad" y las de "vanguardia", términos que en mí despiertan sospecha). "Sofisticación", "creatividad" y "vanguardia" me parecen cartas marcadas con las cuales se pretende ganar prestigio justamente dentro del lenguaje establecido de la elite. Son términos que cada vez más pierden su agudeza y que actúan como clichés de fácil consumo. "Sofisticación", "creatividad" y "vanguardia" me parecen términos más apropiados para la valoración del rock tradicional de la MTV o para la calificación "chic" de una moda gastronómica.

Pienso que formarse en una disciplina es algo más que memorizar su información particular y aprender a representarla. Antes más bien ello tiene que ver con encontrar un lenguaje que se inscriba en un discurso generalizado, sometiéndolo a un proceso de personalización. Todo lo cual tiene que ver con la ética. Sé que la relación entre lenguaje y ética es algo que por momentos ha ocupado tu interés.

Entiendo que el arte, como la ética, son praxis que se explican con ayuda de herramientas del pensamiento abstracto. Yo no creo que el lenguaje pueda ser estrictamente personal. Puede haber lenguajes de lo personal, o relaciones personales con el mismo, pero el lenguaje es generado a partir de lo social. Hoy hemos mistificado la importancia del lenguaje personal de la misma manera que hemos mistificado el espacio de la libertad individual en una cultura masificada. Si entendemos que la relación artística con el lenguaje es una relación activa de pasajes entre lo individual y lo social, el asunto de la ética puede encontrar allí los referentes de un contexto.

También es interesante la relación entre proceso y obra. ¿Hasta qué punto se parece la práctica del arte a una investigación?

La práctica académica se ha apoderado del término investigación y en muchas ocasiones ha intentado imponer su definición de esta práctica sobre otras disciplinas de la cultura. Investigar significa ante todo averiguar, y no necesariamente demostrar una explicación en términos más o menos cartesianos. Si algunas prácticas de la investigación científica suceden en el laboratorio o en el cálculo, la práctica de la investigación artística sucede irremediablemente en el lenguaje.

Creo que sería propio hablar un poco de la importancia del lugar en tu trabajo. El desplazamiento es un tema muy urgente hoy día - ¿te resulta viable hablar de tu obra en relación a lugares específicos, como por ejemplo: dónde naciste, dónde vives, dónde expones, dónde produces, tus viajes, etc; o es más estimulante abstraerlo a un nivel teórico sobre lo local, lo global y lo contemporáneo?

No me interesa particularmente el paisajismo. Es decir, no me interesa particularmente describir un lugar. Tal vez pueda hablar de mí como un situacionista, como alguien que está más interesado en hablar en y desde una o varias situaciones concretas.

Por ejemplo, en este momento estamos sentados en tu atelier en Santiago de Compostela, con la catedral a la vista y las "tapitas de lentejas" en el bar de la esquina. Para ti, ¿producir obra en un lugar quiere decir meterse en los temas de ese lugar de una manera diferente como lo harías si fueras periodista o un turista?

Supongo que cada uno de nosotros tiene potencialmente un periodista y un turista dentro, y yo no soy una excepción. Pero en el momento de "producir obra" como tú dices, cada lugar genera el peso específico de su presencia en mí. Más que retratarme a mí mismo o a un lugar (vale decir: más que relacionarme exteriormente con estas cosas), aspiro a una empatía tal vez más íntima por un lado y más abstracta por otro. En realidad en el momento de generar obra disfruto al comprobar que un lugar se ha metido dentro mío.

Si tuviera lugar en otro de tus talleres - en San José de Costa Rica o en Lund, Suecia - ¿esta charla sería completamente diferente?

Bueno, como dije: cada lugar específico en el que trabajo pesa en mí, claro que sí. Pero no de modo tal que se me haga interesante registrar las particularidades del paisaje. Pensar el mapa del mundo o la historia de China desde Costa Rica no es lo mismo que concebir esas cosas en mi estudio de Noruega o en una habitación de hotel en Miami. Cada lugar se mete a su manera en nuestros referentes. Sin embargo percibo que hay una serie de temas y opiniones que no cambian sustancialmente dependiendo del lugar. Puede cambiar la sensibilidad o la intuición con los que los abordas, y de hecho muchos lugares aportan nuevas referencias, temas o reflexiones que se reflejan en mi quehacer, pero me parece advertir que los cambios de lugar raramente producen cambios dramáticos en mi persona. Sí, la charla sería diferente, pero me temo que, abordados los mismos temas, mis cuestionamientos serían más o menos los mismos.

Muchas actividades dentro del arte han tenido que ver por momentos con cuestionar el papel y el valor del objetual del arte. Al mismo tiempo se dice que lo extraordinario de nuestro sistema de arte actual es la importancia que da al coleccionismo y a los precios desmesurados que pueden llegar a tener ciertas obras de arte. ¿Es necesario diferenciar un mercado monetario de uno cultural?

No hay duda de que el valor cultural asignado a una actividad simbólica genera valor comercial y viceversa: muchos fenómenos de neto origen comercial acaban por tener valor en el sistema de lo cultural aunque su función simbólica sea más bien pobre. No obstante, no me parece que el valor económico de una pieza de arte sea mesurable de acuerdo a pautas objetivas. Este valor existe sólo en función de cierta calidad que no es posible adjudicar sin paradoja. Pero quiero llamar la atención sobre el hecho de que el coleccionismo existe independientemente del arte. Coleccionar objetos y someterlos a determinada escala de valores económicos es una actividad que comprende desde la colección de alambradas de púas (lo cual entiendo es una pasión entre los rancheros de Texas como los Bush) hasta la colección de falsos cuadros de Vermeer. Digamos que la mayoría de los coleccionistas de arte coleccionan también otras cosas: antigüedades, botellas de refrescos, coches o poleas antiguas. Me parece bastante entendible que, en las vastas regiones de esta compulsión que llamamos coleccionismo, el objeto simbólico por excelencia, es decir la obra de arte, alcance un estatus de culto al que otros objetos difícilmente pueden aspirar. ¿Quién podría, por último, aspirar a coleccionar poemas o refranes?

Bueno… también hay que tener en cuenta que el objeto artístico no es necesariamente un objeto.

Si te refieres a la intención de los primeros artistas conceptuales que se proponían la desmaterialización de la obra de arte, te diría que ése es un proyecto que yo respeto mucho y en cuya intención muchas veces encuentro motivación para mis propios proyectos. Pero no olvidemos que muchos de esos proyectos se hicieron en un entorno donde la materialización del arte era particularmente pesada, con toda esa carga de objetos meticulosamente ordenados en miles de museos y colecciones ya existentes. ¿Cuál sería el propósito de un artista conceptual que trabajara en un medio carente de museos y colecciones, vale decir falto de la memoria objetual de su cultura? Pero sin llegar a responder a esa pregunta, déjame que continúe con otro comentario: hoy día el objeto artístico por excelencia tiende a ser primero el artista antes que su obra. En su condición de shamán supremo, el artista de renombre produceante todo gestualidad, una condición sin la cual el objeto es de importancia secundaria.

Por último una pregunta sumamente antropológica: ¿Por qué ser artista? ¿Por qué no dejarlo y ser feliz?

No sé. Pero te diré que hasta ahora no se me había ocurrido asociar arte y felicidad en una misma frase.


Noviembre 2003


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